January 25th, 2011

Argentino tenía que ser…

¿Porqué a los argentinos nos ven como arrogantes en el resto de Latinoamérica? ¿Qué es lo que nos caracteriza como argentinos y nos hace ver así?

Es una pregunta que me hago desde que comencé a viajar por Latinoamérica hace años. Permítanme plantear algunos hechos y situaciones típicas que ponen de manifiesto este inexplicable e injusto acto de discriminación.

¿Por ejemplo, porqué un brasilero piensa que somos arrogantes cuando decimos que tenemos mejor carne vacuna que ellos? ¿Cómo comparar una picaña brasileña grasosa y cubierta de sal, proveniente de una vaca jorobada, aparentemente defectuosa, con un sabroso bife de chorizo proveniente de un hermoso novillo Angus, alimentado por los tiernos pastos de nuestras verdes pampas?

¿Es cierto o no que nuestros vinos tintos son unos de los mejores del mundo, especialmente el Malbec, típico exponente de nuestros viñedos cuyanos? ¿Por qué nuestros vecinos chilenos nos consideran arrogantes por afirmar esto? ¿O acaso no reconocemos que los vinos blancos chilenos son excelentes, más allá que nuestro Torrontés es mucho mejor que el de ellos?

¿Por qué es considerado arrogante el que manifestemos públicamente nuestras raíces europeas, por ejemplo? ¿O fuimos nosotros los que llamamos a Buenos Aires merecidamente, “La Paris de Latinoamérica”?

¿Qué culpa tenemos nosotros, los argentinos, que gente desde todo el mundo desee viajar a Buenos Aires a tomar clases de tango, por ejemplo? Sinceramente, no veo que exista ese mismo interés por aprender a bailar una ranchera o una quebradita mexicana.

¿Es acaso un acto de arrogancia cuando intentamos preservar la riqueza de la lengua española de las incursiones foráneas del “spanglish”, muy popular en ciertas regiones de los EEUU, particularmente en el sur del estado de La Florida donde vivo?

Ni que hablar de la confusión comunicacional entre argentinos y personas latinas provenientes de países al norte del ecuador, generada por aquel verbo  que define el acto de tomar algo con la mano o subir a un medio de transporte, y que se confunde con esa expresión vulgar y grosera que hace referencia al acto sexual de manera muy poco romántica, con reminiscencias históricas que nos recuerdan el abuso colonialista cometido para con las mujeres nativas de nuestra amada Latinoamérica durante la época de la conquista ¿Saben a qué verbo me refiero, verdad?

Y en este mismo orden de cosas: ¿A quién se le ocurre llamar “cachucha” a una gorra, o “franela” a una camiseta?

Seguramente alguno de mis amados compatriotas que esté leyendo este artículo se preguntará porqué aún no he hecho mención al Dulce Leche, como indiscutible invento argentino, vapuleado por nuestros hermanos latinoamericanos con nombres tan desagradables como “cajeta” en México ¿Es un acto arrogante defender nuestra exquisita invención del artero  ataque de aquellos que lo llaman así?

¿En qué personajes ven caracterizada nuestra argentinidad como arrogante? Debemos reconocer que al ver figuras tales como Carlos Menem o Diego Maradona, no queda otra que darles la razón a quienes califican a ambos personajes como poco humildes. ¿Pero, identifican estas figuras tan peculiares el perfil y la personalidad de la mayoría de los argentinos? Si hasta nosotros mismos calificamos a estos dos polémicos individuos con expresiones lunfardas tales como “je, típico petizo canchero”.

Ni siquiera podemos escapar al calificativo de arrogante cuando hablamos con lo que nuestros hermanos latinoamericanos llaman “acento argentino” ¿De dónde sacan esa idea de que nosotros hablamos con algún tipo de acento? Nuestro español es neutro. Acento es el brasilero, cuando intentan el “Portuñol”, o el caribeño, o el mexicano, todos fácilmente identificables. El “che” y el “vos” son inmediatamente aludidos cuando intentamos defendernos. Hablemos del “vos”, que es “consistentemente” utilizado en nuestro lenguaje coloquial. Digo “consistentemente”, no como lo hacen nuestros hermanos charrúas o colombianos al mezclar el “vos” con el “usted”, generando situaciones extremadamente confusas, donde pasamos de ser íntimos amigos, para convertirnos de repente en poco menos que desconocidos, tratados con sorpresiva e inmerecida severidad.

Reconozco que los argentinos alguna vez, en el pasado, pecamos de cierta soberbia y arrogancia. Pero a lo largo de la historia de nuestra nación, hemos aprendido a corregir esas actitudes que, particularmente, caracterizaban solo a algunos de nuestros compatriotas desperdigados por toda Latinoamérica, debido a la diáspora generada por la dictadura militar y los gobiernos fallidos, al final del siglo pasado. Pero ya hemos superado esa etapa. Ahora somos perfectos….

Tutti-Frutti