October 4th, 2011

“Argentine Grill”, un Impulso Irrefrenable…

¿Por qué será que mi esposa y yo siempre nos dejamos llevar por nuestros primeros impulsos?

Así fue cuando se nos metió en la cabeza concretar una idea que teníamos desde hace años: tener una parrilla de concreto en el fondo de casa.

Ya basta de esas parrillas portátiles infames, que se pudren con el tiempo y hay que descartarlas. Dicho sea de paso, debemos haber tenido unas diez de esas en los años que llevamos viviendo aquí en La Florida. A razón de una por año, más o menos…

Decisión tomada, entonces. Vamos a comprar la parrilla de concreto. Entro en línea, busco parrillas argentinas en Google y aparece “Argentine Grill”  como primer link en la lista. Abro el sitio y me deslumbro con una exposición de decenas de  diferentes modelos de parrillas  ¡Justo lo que andábamos buscando!

Una vez más, de cabeza detrás del primer impulso. Levanto el teléfono y llamo. Hay que ser medio tonto para hablarle inglés a quien atiende, cuando la compañía de llama “Argentine Grill”.  A la segunda balbuceada, ya estábamos “hablando en argentino”.

Después supe que quien había atendido mi llamada era Antonio La Mendola, el mismo dueño de Argentine Grill, con un apellido que dista apenas de una “i” para comerse unas bromas muy pesadas y de pésimo gusto, que de todas maneras, deben hacérselas aún hoy, muy a su pesar.

La Mendola me hace corta la conversación telefónica y me recomienda visitar su “showroom” para conversar y elegir lo que esté más cerca de lo que busco.

De nuevo, nuestro primer impulso nos empuja a mi esposa y a mí a salir a buscar ese famoso “showroom” de Argentine Grill, en algún lugar del noroeste de Miami Dade. Cuando llegamos a la dirección señalada ese mismo sábado a la mañana, no encontramos nada. Estábamos en medio de un barrio funesto, lleno de depósitos, galpones, camiones y tráileres estacionados esperando el lunes para moverse otra vez.

Por ahí atrás vemos un cartel todo oxidado indicando que debíamos internarnos por una calle que rodeaba uno de esos galpones para encontrar el famoso Argentine Grill.

Cuando por fin llegamos, la entrada a la oficina estaba cerrada con un candado oxidado, que indicaba que no lo habían abierto en años. Al lado, estaba abierta la entrada al galpón. El interior estaba muy oscuro. Parecía abandonado. Se escuchaba el estruendo de una herramienta  de mano cortando metal y el ruido de una radio a todo volumen sintonizada en una estación cubana. En ese momento, detrás de nosotros, teléfono inalámbrico en una mano, un pucho en la otra, aparece La Mendola.

Se suponía que allí mismo, en la entrada al oscuro galpón, estaba el show room. Lo que allí había era una serie de parrillas a medio armar, una mesa llena de pedazos de mampostería que servían a modo de ejemplo para mostrar el tipo de recubrimiento que podían llevar las parrillas, además de polvo y mugre por todas partes.  Todo esto debió haber sido suficiente razón para salir de allí corriendo, pero no… seguimos adelante, impulsivos como siempre.

La Mendola empezó a explicarnos como desde la parrilla más básica, se podía llegar a la que tiene “todos los chiches”. Nos pregunta si nos molesta el cigarrillo que él estaba fumando; mi esposa le dice que me pregunte a mí; yo le contesto que a mi esposa le molesta el humo; y La Menola se despacha diciendo: – Así que la histérica es ella – da la última pitada y tira el pucho en el piso, para seguir explicando.

Otra oportunidad desaprovechada para salir de allí inmediatamente. La Mendola intenta retomar la explicación, pero el ruido de la herramienta de mano y la radio de fondo se lo impiden, por lo que le grita a un viejito cubano que trabajaba en la oscuridad del fondo del galpón, que baje la radio y pare con la herramienta eléctrica.

Comienza  con la explicación de la cubierta interna de material refractario, sigue con el grill de acero inoxidable, nos muestra la llamada “carbonera” para encender el fuego, la bandeja para retirar las cenizas, el depósito para la grasa y termina con la tapa de horno al frente, también de acero inoxidable. Debo reconocer que la explicación fue muy buena, más allá del polvo que cubría todas las muestras. Intentando socializar, nos explicó que estuvo casado con una cubana que insistía en limpiar el grill de su propia parrilla, después de cada asado. La Mendola dijo haberla convencido de que el sabor del asado hecho sobre un grill sucio, era mucho mejor que si hubiera sido hecho sobre uno limpio. Viendo la roña que había en ese galpón, no quiero ni imaginar lo que La Mendola llamaba un “grill sucio”, y hasta comprendo la desesperación de su pobre esposa cubana por limpiarlo antes de hacer otro asado.

Seguimos adelante empujados por nuestro irrefrenable primer impulso original, haciendo caso omiso a todas aquellas claras señales negativas que indicaban que deberíamos haber huido de allí de inmediato. Pasamos a su oficina a cerrar el trato. Delante de su escritorio había un viejo sofá polvoriento frente a un televisor, con un panzón desagradable recostado, viendo “Telefe Internacional”. Las sillas frente al escritorio estaban todas cubiertas de polvo. Y dudo mucho que una escoba haya pasado por los alrededores de toda ese área en los últimos años. Con mucho orgullo, La Mendola nos muestra que por cada pedido, él mismo hace los dibujos de las parrillas, en un cuaderno anillado, con bolígrafo y a mano alzada. Él insiste que yo mismo podría armar la famosa parrilla, siguiendo las instrucciones que me entregaría.

Momento de pagar el adelanto. Resulta que La Mendola es jubilado, cobra por el seguro social su jubilación y, por cuestiones impositivas, no podía recibir ingresos anuales documentados (cheques, transacciones con tarjeta de crédito) por más de un par de decenas de miles de dólares, por lo que el trato debía ser hecho en efectivo. En pocas palabras, “el viejo operaba en negro”. En Argentina, esto es muy común, pero aquí en EEUU no, y me sorprende la impunidad con la que este tipo hace lo que hace. Aunque considerando la ubicación y el estado miserable de ese galpón, me imagino que al IRS (Internal Revenue Service) debe darle asco enviar a un agente por allí.

Créase o no, seguimos adelante, empujados por el mismo irrefrenable impulso inicial, La Mendola acepta finalmente un cheque por el adelanto y promete entregar la parrilla con las instrucciones para armarla en mi casa en cuatro semanas. Tres semanas más tarde, La Mendola llama por teléfono indicando que la parrilla está lista para ser entregada, una semana antes de lo previsto. Se molesta un poco cuando le digo que debe entregarla un sábado por la mañana, ya que mi esposa y yo trabajamos de lunes a viernes hasta las cinco de la tarde.  Finalmente acepta y arreglamos para ese mismo fin de semana.

A las diez de la mañana del sábado, llega una camioneta con dos seres de “cierta apariencia humana”. Se bajan de la cabina y se presentan. Ambos eran argentinos. Uno de ellos era el mismo panzón que estaba tirado mirando tele en la oficina de La Mendola. El tipo tenía una camiseta sudada y sucia que apenas le cubría su prominente abdomen, un short igual de roñoso, pelo largo negro y canoso, engrasado y desgreñado, debajo de una gorra que no había visitado la batea de un lavarropas en meses. El otro no lucía muy saludable. Se veía que el calor y la humedad lo estaban afectando, no podía caminar normalmente y dijo ser el hijo del dueño.

Abren la caja de la camioneta y empiezan a bajar los pedazos de la parrilla que yo, supuestamente, iba a ser capaz de armar por mí mismo.  Los pedazos de parrilla eran paneles conformados de concreto, reforzados interiormente con varillas de hierro. Varios de ellos estaban quebrados con trozos de material que se desprendían con solo tocarlos.

Pregunto por las instrucciones de armado y el panzón me trae unas hojas impresas, todas arrugadas,  abrochadas en una punta. Era una impresión de una presentación en “Power Point”, con algunas fotos de parrillas en proceso de armado, en blanco y negro, y con algo de texto al lado de cada imagen ¡Lindo Manual de Instrucciones de Armado! Para colmo, cuando el “panceta” intenta empezar a explicarme lo inexplicable, resulta que el modelo mostrado en las fotos no era el mismo que yo había adquirido, y el proceso de montaje tenía “ciertas variantes”.

Estaba claro que yo no sería capaz de armar ese Frankenstein solo, así que le pedí al panzón que me ayude, a cambio de unos dólares. Propuse que su acompañante nos diera una mano. Fue entonces cuando el panzón me explica que el otro estaba enfermo, tenía un problema en la cadera, se desmayaba a menudo y que solo estaba allí porque él es ilegal y no puede manejar, por no tener licencia. ¿Patético todo, no?

A todo esto, el conductor enfermizo ya estaba en un estado lastimoso, dentro de mi casa, tirado en un sofá, bebiendo agua fría que mi esposa, recién llegada del trabajo, le ofreció, al fresco del aire acondicionado. Mientras tanto, empezamos con el armado de la parrilla, el panzón, mi hijo y yo. Ahí nomás, cuando montamos el tercer panel de concreto, nos damos cuenta que al subconjunto le sobra por allá, le falta por acá, está desnivelado aquí y allá…

Estaba claro que no habían ajustado los pedazos, ensamblando la parrilla previamente en el taller. Era evidente que se requerían conocimientos básicos de albañilería para armar esa cosa. El panzón no tenía las herramientas adecuadas en ese momento, así que acordamos que el ensamble se llevaría a cabo el lunes siguiente.

Con absoluta frescura, el panzón y su acompañante, el hijo del dueño, me buscan con otro pedazo de papel arrugado y sucio en la mano, reclamando el pago del saldo por una parrilla que aún no había sido concebida coma tal. La respuesta de mi parte era obvia, así que ambos personajes se encaminan de vuelta hacia la camioneta, cuando mi celular comienza a sonar. Era La Mendola, reclamando que le pague, insistiendo que ese era el trato que teníamos. Enfrente mío solo había pedazos de lo que él insistía era una parrilla. La Mendola me dice que él envía parrillas en pedazos como ésta a todo EEUU y que los “gringos” se las arreglan para armarlas. Ante mi repuesta indicando que no iba a pagar por esa parrilla, hasta verla armada, La Mendola comenta que yo estaba dejándolo sin dinero para ese fin de semana. Tal vez, esta haya sido la única parrilla vendida por Argentine Grill en largo tiempo, y era más que obvio entender porqué…

Me puse firme en mi posición de no pagar hasta ver la parrilla armada el lunes y La Mendola cedió a regañadientes, accediendo a enviar gente para el armado el lunes por la tarde. Tres individuos llegaron ese lunes para intentar darle vida a “Frankenstein”.  Uno era el mismo panzón, con la misma ropa roñosa que tuvo puesta el sábado anterior. Él estaba a cargo del grupo, así que es fácil imaginarse la calaña de los otros dos individuos que venían con él. Había otro argentino en el grupo, de unos  sesenta años, con claras señales de vitíligo en la piel; además de un cubano petiso y sesentón, fumando un puro, que seguramente venía manejando, ya que el dúo de argentinos eran inmigrantes ilegales por seguro.

La cuestión es que entre los tres les tomo tres horas para armar esa parrilla (herramientas de mano, concreto y una cinta métrica prestada de por medio) que según La Mendola, yo iba a ser capaz de armar solo.

No quedó mal, debo reconocer, aunque el ajuste de los paneles fue deficiente y las diferencias se ven en la parte atrás de la parrilla armada, detalles que unas frondosas plantas pueden, fácilmente, ocultar. Llevo ya varios asados hechos en esta parrilla. No sé si es por la parrilla, o por la habilidad del asador, pero han salido bastante buenos, según aquellos que los han compartido conmigo.

Alguien dijo alguna vez: “el corazón sigue impulsos que la razón desconoce”. Es absolutamente cierto. En este caso, fue el corazón de mi esposa y el mío, que se niegan a aceptar, a veces, las razones que nos “impulsaron” a migrar a los EEUU, diez años atrás…

Si desea vivir una experiencia alucinante como ésta en “carne propia”, visite www.parrilla-argentina.com

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